Reflexiones veraniegas sobre los nuevos estadios (Parte II)

El fútbol profesional actual es un negocio, creo que eso queda bastante claro. Ciertamente no es sólo un negocio, ya que también involucra otras cosas y tiene un gran impacto social, pero a mi me parece bastante evidente que el fútbol de hoy es predominantemente una actividad lucrativa.

Tenemos que una gran parte de los equipos de Primera y Primera B trasformados en Sociedades Anónimas; que existen gerentes rentados; todos los futbolistas son remunerados y las “empresas” reparten utilidades a fin de su balance anual. Todos los días escuchamos sobre trasferencias en millones de dólares, vemos que se fijan precios exorbitantes por las entradas y como danza los millones por contratos de Televisión o publicidad.
Los “clubes” son más que nada organizaciones privadas que montan un espectáculo deportivo prevaliéndose de la identificación de un equipo con una zona geográfica o con una camiseta que tiene asociada cierta historia y no son actualmente clubes sociales de mayor alcance en la comunidad. Esto queda claro si examinamos las demás actividades de los clubes que participan en nuestro fútbol y en los beneficios que entregan a sus socios. En los tiempos que corren, los clubes de fútbol son sólo equipos de fútbol, ya que no tienen complejos deportivos a disposición de sus socios, beneficios sociales o actividades comunitarias que trasciendan al sólo espectáculo deportivo, salvo el caso de Huachipato y la Universidad Católica.
¿A que viene todo esto? A que en los dos últimos años el gobierno ha optado por realizar un aporte sustantivo a esta actividad empresarial al construir una extensa red de estadios a través del país. Estos estadios son un aporte fundamentalmente al fútbol rentado, ya que, si bien es cierto, se les puede dar diversos usos, estos recintos serán usados de manera preferente por el fútbol. De esta manera una actividad empresarial tendrá a su disposición una infraestructura construida para ella, lo que en economía puede ser considerado un subsidio. Por ello cabe preguntarse si es deseable otorgar este subsidio.
Para responder esto debemos despojarnos, en alguna medida, de nuestra posición de hinchas del fútbol, porque si lo juzgáramos con nuestra óptica (en la que por cierto me incluyo) diríamos que se construyan 30 estadios más. Pero es el deber de alguien responsable mirar las cosas con cierta distancia e imparcialidad.
Un subsidio obviamente se justifica bajo ciertas condiciones. Podemos considerar que el fútbol es una actividad que otorga una rentabilidad social suficientemente alta como para justificar lo que se invierte en ella. Esta rentabilidad puede manifestarse en oportunidades de trabajo, dar un goce a la gente que disfruta del espectáculo, buena imagen país o impulso a la economía. Todas estas razones son validas y justifican hasta cierto punto la inversión que se realiza en nuevos escenarios de fútbol. Sin embargo hay un punto que a mi juicio falta y el cual no se ha mencionado: la necesidad de exigir al fútbol ciertas contraprestaciones. No me parece que el Estado otorgue tantos recursos sin mayores exigencias a la dirigencia; el costo para la ANFP es tanto en esfuerzos como en dinero prácticamente cero y eso me parece mal.
A menudo escuchamos como los dirigentes de los clubes mencionan el hecho de que esta actividad es relevante para el “pueblo”, que la gente disfruta de ella es la más humilde. Sin embargo vemos como los precios de las entradas en nuestro país son prohibitivos para la mayoría de la gente. Vemos también como todos los partidos del campeonato, que en un futuro cercano se jugará casi íntegramente en canchas financiadas con fondos fiscales, son transmitidos por Cable Premium o que los goles son dados en concesión a un canal de manera exclusiva. Sin embargo esta actitud no es nada nueva. Para construir estadios el fútbol es una actividad social a la que el estado debe contribuir, pero a la hora de cobrar es un espectáculo de privados.

Obviamente la cosa no es blanca ni negra, pero lo que no me gusta es que al fútbol o más bien a los dirigentes se les haya dado todo tan fácil. Cero exigencia.

¿Qué hubría hecho yo? Antes de haber hecho el compromiso de construcción de estadios le habría exigido una especie de cuaderno de cargos al fútbol profesional, el que podría considerar alguno de los siguientes puntos:

1.- Que se le exigiera cumplir con sus trabajadores o bien, si los clubes fallan la ANFP fuese el fiador.
2.- Que a lo menos un partido de primera y otro de segundo división fuese trasmitido por televisión abierta.

3.- Acciones concretas con respecto a las barras bravas.
4.- Precios razonables de las entradas.

5.- Cooperar con la mantenimiento y el costo de administración de los recintos.

Creo que ninguno de estos puntos es exorbitante y más bien causarían impactos positivos en nuestro fútbol.
Además poner ciertas exigencias a una actividad, historial limpio en cuanto a prácticas antisindicales por ejemplo, debiera ser una exigencia general para cualquier empresa o sector que aspire a un subsidio.
Creo que al empresario debe exigirsele algo a cambio de lo que recibe y no tolerar el tradicional discurso del inversor chileno: cuando se les exige chillan por la libertad y el mercado, pero en las crisis son los primeros que lloran por una “señal” estatal.
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