Por Iván Zamorano
Era la noche del 19 de julio de 1997 y estábamos a las puertas de un partido clave para la clasificación de Chile al Mundial de Francia 98. El rival era Paraguay y teníamos fe de que, si jugábamos como lo veníamos haciendo, podríamos dejar los puntos en casa y dar un paso gigante a París.
En la previa hablamos con Marcelo de Romario y Ronaldo, la dupla Ro-Ro, que eran dinamita en la cancha. Entre broma y broma se nos ocurrió que debíamos mostrarle al mundo que en Chile también teníamos una dupla de oro, y le pedimos unas camisetas blancas al utilero para marcarlas con las primeras sílabas de nuestros apellidos. El plan era usarlas debajo de la roja, y si cualquiera de los dos marcaba un gol, las mostraríamos y celebraríamos como la dupla Sa-Za.
Y así fue. El dos a uno quedó en el tablero del Nacional y, por primera vez, aparecimos en todos los medios con la firma que hizo 23 goles en el largo camino a Francia.
Pero jamás habríamos sido la exitosa dupla que fuimos sin el trabajo en equipo, sin los nueve guerreros que estaban detrás.
Marcelo era muy dotado técnicamente, muy virtuoso frente al ataque por la izquierda y por la derecha, y aunque no era muy alto, cabeceaba bien. Nos complementábamos muy bien: el era zurdo y yo derecho, y ahí estaba la magia de todo. No necesitábamos decirnos nada más durante el partido: ambos sabíamos qué hacer, teníamos la misma visión de cancha y la técnica. Y cuando lográbamos la sintonía, cualquier cosa se podía esperar de nosotros.
CUANDO LO CONOCÍ
A Marcelo lo había conocido unos años antes, cuando yo jugaba en el Real Madrid y Azkargorta me llamó a la selección junto a Salas. El primer encuentro fue en Los Angeles, California. Un partido contra México . Nos pusieron en la misma habitación: mi primera impresión fue que era un joven introvertido. No recuerdo su edad exacta en ese momento, pero era muy joven, un futbolista sencillo, más bien callado, pero que en la cancha sacaba su personalidad.
Desde entonces que siempre he dicho lo mismo de él: Marcelo es un futbolista de excepción que hoy está en el sitial de los grandes deportistas que ha tenido nuestro país. No cualquiera es referente, y él lo es. Es un elegido que deja un legado a las nuevas generaciones de futbolistas chilenos y con quien compartimos lindas temporadas. Formamos una delantera que marcaba y que brindaba alegría al público.
Mucho de lo que logramos tiene que ver con nuestro paso por Italia, que fue muy exitoso para los dos. Yo en el Inter y él en la Lazio, dejamos el nombre de Chile en alto, y eso ha permitido que los equipos italianos confiaran en los jugadores chilenos. Ojalá que surjan nuevas duplas, nuevos delanteros como los Sa-Za, pese a que es difícil que en una misma generación aparezcan dos goleadores importantes.
Pero de una cosa estoy seguro: él y yo deseamos, por el bien del fútbol chileno, que aparezca una nueva dupla. Que surjan muchas duplas más exitosas para nuestro país.
Muchas veces se comentó que había roces entre ambos, que teníamos problemas, que nuestros liderazgos chocaban. La verdad es que eso nunca fue tema para ninguno de los dos; lo único que nos importó siempre fue entregar lo mejor de nosotros en favor de Chile. El rumor vino de no sé quién y desde fuera. Dentro de la cancha siempre luchamos por un mismo objetivo.
EL RETIRO
El retiro es una determinación difícil. Lo sé porque lo viví y fue duro. Sé que Marcelo debe estar pasando por un proceso parecido. Cuesta asumir que ya estás fuera de algo que ha significado tanto y que ha sido buena parte de tu vida. Cuando uno está en el fútbol todos los días, siente que no hay nada más que pueda llenar ese espacio, te ciegas, piensas que el mundo es sólo eso. Todo gira alrededor de una cancha, de lunes a lunes, no existen los fines de semana.
Tras el retiro, toma tiempo comenzar a mirar la vida en toda su dimensión. Es un camino largo, pero de a poco vienen las otras grandes alegrías que antes uno no miraba: compartir con los hijos, con la familia, poder viajar y, lo más importante, enfrentar nuevos desafíos.
Mi deseo es que Marcelo llegue a disfrutar de la vida tal como yo lo estoy haciendo ahora. Él ya se aseguró un lugar en el cuadro de honor del fútbol chileno, siempre será un ídolo, quedará en el recuerdo de todos y especialmente en el mío, porque hay una imagen que la atesoro siempre como si fuera hoy, como si el tiempo no hubiera pasado: me veo con él yendo desde el camarín a la cancha por el túnel del Estadio Nacional mientras la gente grita, vitorea, canta… Somos una dupla en busca del mismo fin. Ahí estamos, Marcelo con el 11, yo con el 9, para darle una alegría a Chile.
Marcelo, te deseo la mejor de las suertes. Es una nueva vida la que comienza.
